

Kersino era un pastor. Un pastor de sueños.
Vivía, si se le puede llamar vivir, dentro de un mundo especial donde los sueños eran los únicos habitantes. Todas las referencias, para conocer ese mundo, estaban dentro de los mismos sueños y eran esos sueños los que modificaban continuamente dicho mundo. Un mundo globuloso de límites indefinidos instalado en los territorios de la inexistencia.
Kersino era un pastor de sueños pero no era un pastor cualquiera. Su cometido era el pastorear, únicamente, sueños críticos de variadas tipologías, ubicados en alguno de los cúmulos de galaxias del universo onírico, en los que la predominancia del color rojo era notoria.
No era pues, por ejemplo, como Hamalowe, que se especializaba en sueños de amor, o Destroedel, dedicado a los sueños de odio y venganza. No era como los otros muchos pastores de sueños bien definidos. Por supuesto, no tenía parecido alguno con los visfrosilos, seres de inferior categoría, tal vez de noveno nivel, que sólo pastoreaban ensoñaciones momentáneas. Kersino era un pastor polivalente. El Pastor.
El mundo de Kersino no era complicado. Con la ayuda de los krenoucas, seres semiseres que sólo existían en la mente de Kersino, pastoreaba los sueños.
En general, los sueños placenteros y felices no le suponían problema alguno. Los krenoucas se ocupaban perfectamente de ellos, manteniéndolos dentro de un espacio-tiempo congelado, del que era imposible escapar. Imposible. De eso, Kersino estaba absolutamente convencido.
Sin embargo, de vez en cuando, Kersino recibía instrucciones acerca de cómo liberar determinados sueños. Era algo como un dejarlos caer, o un dejarlos subir, hacia otros espacios dotados de tiempo. Él no sabía nada acerca de esos destinos. Ni siquiera sabía cómo se producían las instrucciones… ni de dónde provenían. Solamente sabía que debía dejarlos fluir mientras, al resto, debería mantenerlos bien controlados y sobre todo, evitar extrañas mezcolanzas entre ellos.
La preocupación obsesiva de Kersino era acerca de una determinada clase de sueños, que nunca parecían acomodarse a su situación espacio temporal. El más peligroso de los sueños era el llamado libertad. Éste siempre contaba con un especial aliado, Bologuirumo, un ser tan semiser como los krenoucas, a los que mantenía siempre ocupados con sus apariciones, simultáneas y aleatorias, en distintas nubes de sueños.
Sabía Kersino que la posibilidad de que libertad contaminara a otros sueños, en caso de fuga, era muy alta. Fundido ese sueño con otros, podría dar lugar a una gran explosión en cadena en el espacio tiempo que debía controlar. Hipotéticamente, una vez un sueño dentro de otros espacios tiempo, podría desplazarse y llegar a destinos ajenos a la galaxia onírica, produciendo efectos imprevisibles. Eso intuía Kersino cuando meditaba acerca de su misión… pero sólo eran elucubraciones.
Kersino, el eficiente Kersino, los otros pastores, los visfrosilos, al igual que los krenoucas y Bologuirumo, desconocían el mecanismo productor de sueños. Desconocían todo acerca de si mismos… también.
Tal vez, en el caso de conocer algo, Kersino llegaría a saber que su existencia era sólo un sueño o, posiblemente, el factor común de un numeroso conjunto de sueños que le otorgaba su ser. Kersino podría llegar a comprender que él mismo sólo era un sueño. Mi sueño.
Tendré que confesarlo. Yo soy uno de los sueños huidos. Ahora debo saber quién me está soñando a mí.
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